Friday, April 25, 2014

Cada Cristiano es Converso

El año 1492 d.C. es muy importante y muy conocido en la historia. Todos saben que en ese año el explorador Cristóbal Colón llegó a las Indias Occidentales y llevó todo el continente Europea consigo. Hay dos eventos muy importantes que también ocurrieron en ese año en España, el país patrocinador del viaje de Colón: 1) los moros (musulmanes) fueron expulsados de Granada después de una ocupación que empezó en 711 d.C. y 2) los judíos, algunos de los cuales patrocinaron la campaña militar en contra de los moros, también fueron expulsados del país.

Los únicos que fueron permitidos quedarse tenían que revocar su religión y bautizarse en la Iglesia Católica Romana. A estos moros y judíos llamaron «conversos». Muchos de ellos fueron acusados por la Inquisición de mantener sus religiones anteriores en secreto, y se veían muy sospechosos en España por muchos años.

La palabra (y el verbo relacionado «convertirse») refiere a una persona que ha cambiado ideología o religión. En muchos sistemas religiosos hoy en día, incluso en la Iglesia Católica y en el Islam, se cree que uno nace como adherente de una religión. Es muy común escuchar a una persona diciendo, «Yo nací católico», o «Siempre he creído en Dios». Estas afirmaciones quizás tienen sentido en esos sistemas de creencia, pero no tienen sentido en el cristianismo según la Biblia. Según la Biblia, todos somos «conversos».

No hay nadie en la iglesia de Dios a quien Efesios 2:1 no aplica: «En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados». También en Romanos 5:8 dice: «Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros».

Antes de ser salvos, antes de ser parte del pueblo de Dios, nosotros estábamos muertos en el pecado, separados de Dios. Y si esto no es suficientemente claro para nosotros, Pablo lo hace explícito unos dos versículos después en Romanos 5:10: «Porque si, cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él mediante la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, habiendo sido reconciliados, seremos salvados por su vida!» Éramos enemigos de Dios. Esto no describe a una persona que «nació cristiano» o que «siempre ha creído».

Si nosotros queremos tener la confianza de que somos salvos, no podemos basar nuestra seguridad en el mero hecho de que nuestros padres estaban muy involucrados en la iglesia y que nos llevaron cada semana al culto. Tampoco podemos basarla en el mero hecho de que Dios siempre nos ha gustado. La pregunta más clave es si le gustamos a él, y ningún pecador, ningún enemigo, puede hacer eso.

La única manera de estar seguros de nuestra salvación es si nosotros somos conversos, y nos convertimos al arrepentirnos del pecado y creer en Jesús. El arrepentimiento no es vivir más o menos conforme a una ética bíblica, aunque un verdadero converso sí buscará vivir más y más conforme a esta ética. No, el arrepentimiento es una repugnancia hacia nuestros propios pecados porque reconocemos que hemos ofendido a Dios. El creer en Jesús no es meramente consentir que es Dios o que resucitó de la muerte, sino confiar en el sacrificó de su muerte como pago por nuestros pecados y confiar que él nos hace santo como resultado de nuestra fe y que un día nos resucitará también.

Si no tenemos el verdadero arrepentimiento y la fe en Jesús, nos engañamos. No hay nadie en el pueblo de Dios que no haya tomado ese paso. Nadie nace en esta familia. Sólo podemos renacer en esta familia a través de la conversión—somos conversos.

No comments:

Post a Comment