Wednesday, March 19, 2014

Cuando la Vida te da Limones...

El fin de semana pasado fui a comer en un restaurante mexicano. Bebé una limonada y chupé la cuarta del limón para desenchilarme (un remedio que funciona bien). No sé si ese limón costó más a ese restaurante o no, pero aprendí hoy que el precio del limón ha subido más de 150% en México.

El artículo que leí dijo «El limón es actualmente más caro en México que en España, Estados Unidos, Australia o Italia. La subida es aún más absurda si se tiene en cuenta que México es uno de los principales productores de limón persa del mundo, un fruto que además es básico en su gastronomía».

El precio del limón ha subido tanto por causa de plaga, inundaciones, y la violencia (los carteles demandan dinero de los agricultores). El artículo sigue: «El alto precio del limón, un aderezo obligado para muchos mexicanos, ha causado que en los restaurantes se sirvan pequeñísimas porciones para acompañar la comida, que en el norte del país escasee la limonada… y que en bares del DF se sirva menos la michelada: una cerveza preparada con limón y sal.»

No importa cuán “avanzado” sea el país, cada economía y civilización depende del sector agricultor para existir. En tiempos antiguos, y hasta en ciertas regiones del mundo hoy en día, plagas, inundaciones, sequías, y la violencia podían causar más problemas que una escasez de la limonada.

Cuando los asirios conquistaban una tierra, sembraban sal en los campos para que nada pudiera crecer. Una sequía o unas inundaciones tenían el poder que elevar o humillar a un reino entero, dependiendo de si sufría la calamidad o no. El faraón de Egipto se convirtió en el hombre más rico del mundo a causa de una sequía muy grande que duró siete años (Génesis 47:15-22).

Tiempo después en la tierra de Judá, el profeta Habacuc se dio cuenta de que Dios iba a castigar a su país a causa de sus pecados. Pidió que Dios tuviera misericordia de ellos, pero al darse cuenta de cuán grande es el pecando ante Dios, decidió confiar en vez de criticar los caminos de Dios. Dijo en 3:17-18: 
Aunque la higuera no dé renuevos, ni haya frutos en las vides;
aunque falle la cosecha del olivo, y los campos no produzcan alimentos;
aunque en el aprisco no haya ovejas, ni ganado alguno en los establos;
aun así, yo me regocijaré en el Señor, ¡me alegraré en Dios, mi libertador!
Que nosotros también confiemos en el Señor, aun cuando las cosas no vayan como queremos, porque él no defraudará a los suyos. ¡Él es nuestro libertador!

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